Tía Maruca

Tía Maruca bajó las persianas en su planta histórica: golpe a una fábrica que llegó a emplear a 300 personas

Tía Maruca dejó de operar en su histórica planta de Albardón, San Juan, una fábrica que llegó a emplear a unas 300 personas y que durante años abasteció buena parte del mercado local de galletitas.

Hay marcas que forman parte del paisaje cotidiano hasta que un día dejan de fabricarse donde siempre se fabricaron. Tía Maruca, la empresa que durante casi tres décadas hizo de la pepa con membrillo y el surtido económico una presencia infaltable en kioscos y supermercados, dejó de operar en su planta de Albardón, San Juan. El establecimiento, que llegó a emplear a unas 300 personas, pasó a manos de otra administración. La marca seguirá en góndola, pero producida en fábricas de terceros.

El final del esquema con planta propia no fue de un día para el otro. Llegó después de años de dificultades financieras, caída del consumo, aumento de costos y una reestructuración que no alcanzó para sostener la operación industrial.

La planta de Albardón había sido la gran apuesta de Tía Maruca. En 2017, la empresa fundada por Alejandro Ripani en 1998 compró el establecimiento que antes había sido de PepsiCo y que en San Juan se conocía como Dilexis. La operación incluyó marcas como Dale y Argentitas, y un acuerdo para seguir fabricando galletitas Toddy durante tres años. Con esa jugada, Tía Maruca buscaba ganar escala y pelear mercado en una categoría dominada por Bagley y Mondelez. Llegó a controlar cerca del 5% del segmento local de galletitas y la fábrica se transformó en una de las principales fuentes de trabajo de Albardón.

El recorrido, sin embargo, empezó a torcerse pronto. En 2019 la empresa entró en concurso preventivo con una deuda estimada en $300 millones. El salvataje llegó en 2024, cuando Argensun Foods (los dueños de Pipas) compró el 50% del paquete accionario y tomó el control operativo. La operación permitió regularizar salarios atrasados, ordenar cheques rechazados e incorporar a Tía Maruca dentro de un plan de expansión más ambicioso, que apuntaba a transformar al grupo agroindustrial en una compañía nacional de alimentos.

Sobre el papel, el plan tenía con qué. Argensun proyectaba producir unas 20.000 toneladas anuales de galletitas, contaba con ventas cercanas a u$s120 millones al año y unos 700 empleados, y sumaba una red de distribución que aseguraba presencia en nueve de cada diez kioscos del país a través de Pipas. La idea era aprovechar esa estructura comercial para empujar a Tía Maruca y, en paralelo, crecer en lácteos y jugos con las marcas Plenty y Pura Fresh.

No alcanzó.

Durante 2025 empezaron a acumularse las señales de alarma en Albardón. Hubo frenos temporarios de actividad, menor ritmo de producción y reclamos gremiales por demoras salariales. En agosto, la empresa intentó descomprimir el clima asegurando que se trataba de una parada programada para mantenimiento y mejoras operativas, y que había stock suficiente para seguir abasteciendo a los clientes. En esa misma explicación, sin embargo, deslizó un dato que en perspectiva resultó revelador: las líneas de mayor precio mostraban menor salida, mientras los productos más económicos sostenían mejores ventas. Es decir, el consumidor argentino se había corrido hacia abajo en la góndola, buscando refugio en la galletita más barata. Pero ni siquiera ese desplazamiento alcanzó para sostener la planta.

La señal previa también estaba ahí. Meses antes, la compañía ya había cerrado su otra planta, la de Chascomús, en una decisión que anticipaba el ajuste y la concentración productiva en San Juan. Ahora se conoció que la fábrica de Albardón también dejó de estar vinculada a la marca. El establecimiento pasó a manos de nuevos operadores y quedó bajo conducción del empresario Juan Carlos Crovela, quien avanzó en una reorganización interna.

La marca, por su parte, eligió otro camino. Sin planta propia, adoptó el esquema de producción a fasón, una modalidad cada vez más común en la industria alimenticia argentina por la cual una empresa terceriza la elaboración en instalaciones de terceros y conserva el manejo comercial, la distribución y la presencia en góndola. Sigue siendo Tía Maruca en el envase. Pero ya no se hace donde se hacía.

El dato fino, el que ordena toda la historia, está en aquella confesión de agosto. Tía Maruca no era una marca premium ni jugaba en la categoría aspiracional. Era, justamente, la opción accesible. Cuando el consumidor que compra galletita barata ya no compra suficiente galletita barata como para sostener una fábrica de 300 empleos, lo que se cierra no es solo una planta en Albardón. Es una capa entera del consumo masivo argentino, ese que durante décadas funcionó como piso y que hoy también empezó a ceder.

La pepa de Tía Maruca seguirá apareciendo en los kioscos. La fábrica que la hacía, no.

Temas de la nota: