Hambre, cadenas y cámaras: se conocieron detalles del rescate de 9 hermanos en Santiago del Estero
Nuevas revelaciones judiciales exponen un sistema de tortura digital y comercio sexual en Santiago del Estero, donde los hijos discapacitados eran encadenados mientras sus padres ocultaban bienes básicos en habitaciones cerradas.
La polvareda de la zona rural de Figueroa ya no logra ocultar lo que durante años fue un secreto a voces y hoy es una de las causas judiciales más oscuras de Santiago del Estero. El rescate de nueve hermanos -dentro de un grupo total de trece- ha destapado una "microeconomía del horror": un sistema donde el padre presuntamente utilizaba a sus hijas como moneda de cambio por botellas de vino y donde el sufrimiento de los hijos con discapacidad era consumido como contenido multimedia por sus propios captores.
Al ingresar a la vivienda, los investigadores de la Unidad Fiscal de Delitos contra la Integridad Sexual se toparon con una puesta en escena de la miseria planificada. En el sector donde los hermanos malvivían, el panorama era desolador: niños de 4, 6 y 10 años presentaban cuadros de desnutrición tan severos que sus organismos habían comenzado a consumir su propia masa muscular, registrando pesos que apenas rozaban los 30 kilos. Sin embargo, el contraste más violento se encontró tras una puerta blindada con un candado de seguridad. Allí, la policía secuestró colchones nuevos, mantas sin estrenar y alimentos que nunca llegaron a las bocas de los menores, una prueba irrefutable de que el abandono no era producto de la pobreza, sino de una voluntad de daño.
El caso del hermano de 28 años, ciego, mudo y con retraso mental, se ha convertido en el símbolo de este sadismo. No solo fue hallado atado a un elástico de metal con sogas que le habían lacerado las muñecas, sino que las fiscales Jesica Lucas y Vanina Aguilera descubrieron que las agresiones hacia él eran coreografiadas. La justicia tiene en su poder celulares donde constan videos de las golpizas. En estas grabaciones, se observa cómo miembros de la familia lo castigaban para provocarle gritos y reacciones espasmódicas, transformando su dolor en una forma de "diversión" doméstica que luego quedaba registrada en la memoria de los dispositivos.
La investigación ha escalado hacia la comunidad vecina, poniendo bajo la lupa la complicidad de los hombres de la zona. Las denuncias indican que el padre de los chicos, ahora detenido e imputado por delitos que van desde el abuso sexual agravado hasta la promoción de la prostitución, facilitaba el ingreso de terceros a la vivienda. El "precio" por vulnerar a las jóvenes era, en muchos casos, una simple botella de alcohol, evidenciando una degradación absoluta del vínculo filial. A esto se suma la detención de un yerno de la familia, sobre quien pesan cargos de acceso carnal reiterado, lo que sugiere que el entorno familiar directo era una extensión de la red de abuso.
Mientras el juez Sergio Guillet supervisa las pericias tecnológicas sobre los teléfonos secuestrados, los hermanos rescatados permanecen bajo una estricta burbuja de contención médica y psicológica. El desafío de los especialistas es mayúsculo: muchos de ellos no solo deben recuperarse de las secuelas físicas del hambre y las heridas, sino también desaprender un lenguaje de violencia que era lo único que conocían.








