Política

El Indio, el Diego y el javo

Análisis de Saúl Gherscovici.

El Indio Solari protagonizó una de las despedidas populares más inmensas y emocionantes de la historia argentina que, inmediata y claramente, nos remiten a las de Diego Armando Maradona, que reunió 2 millones de personas en plena pandemia, la de Evita Perón en aquellos 16 días de 1952, y la de Carlos Gardel de febrero de 1936.

La gente ganó las calles para dejar su corazón y bailar su pogo, que no fue asesino sino de vida y agradecimiento, en el polideportivo Gatica de Avellaneda. Ese fue el lugar elegido, luego de que el gobierno nacional cerrará las puertas de la Casa Rosada, el Congreso de la Nación y ofreciera -cuando vio lo que se venía- casi desesperado Tecnópolis, que está a punto de ser regalado a una empleada amiga de Karina Milei.

El gobierno, que obviamente no tenía ninguna simpatía con el Indio, cosa que era recíproca, se perdió la oportunidad y su obligación de estar a la altura y respetar la muerte del artista popular más importante de estos tiempos y a sus admiradores, que sufrieron en carne propia el desprecio, el odio y la incomprensión que esta gestión de La Libertad Avanza tiene para con lo popular y lo identitario de lo argentino.

"Si no hay odio, que no haya nada"

Milei, que se la pasa hablando de cosas que no sabe ni entiende, esta vez optó por el silencio, que no fue el de los inocentes, sino el que grita su convicción de que "si no hay odio, que no haya nada" porque seguramente, si lo hubieran dejado, hubiese escrito sin dudar el mismo texto de aquel "tuit" falso que circula por redes en el que "explicaba" por qué negaba la Casa Rosada

Así como fue la despedida de Diego, que sublevó a las restricciones de la pandemia, la del Indio también fue una mezcla de llanto, congoja pero acompañado con una firme decisión de honrarlo con alegría. En una se recrearon gambetas, en esta canciones. En ambas se agradeció porque la obra, el arte de ambos, vaya siempre acompañado por esa decisión de ir al frente contra todo y en defensa de ese pueblo que los tenía "como el único héroe en este lío" y como aquel que encendió y "enciende en sueños la vigilia". Ambos murieron tras haber galopado mucho y siempre brillando y cantando.

Los ricoteros ahora y los maradonianos ayer, incluso los que no sabían que lo eran hasta las partidas de cada uno, salieron a las calles, a las plazas y extendieron su despedida por horas, kilómetros de fila en el polideportivo que se cerró por la lluvia y luego de que la gente entendiera que había que seguir, dejar pasar a los de atrás, porque ya no había dudas de que iban a estar "pensando en el indio hoy y ayer en el Diego siempre....Siempre extrañándolo/s"

Violencia es mentir

Mientras en la televisión se veía a los Feinmann y los Majul de esta vida opinando sobre la obra del Indio, cuestionando el dinero que se ganó deslomándose y dejando el alma/vida, y "recomendando" casi como un patrón a los fieles de la misa de despedida, a quienes ven como esclavos sin derechos, "que vayan a laburar" para después ensayar un absurdo editorial de lo mal que está apropiarse políticamente de estas despedidas. Como si el Indio hubiese hecho una obra apolítica, hubiese escondido sus preferencias, devociones y acompañamientos.

Mientras esto hacían, tratando de desinflar a la multitud y seguramente rogando que haya incidentes para opacar la "celebración" popular, quedaba claro una vez más, como bien dijo el Indio que "Violencia es mentir"

Comodoro Rivadavia, en tanto, se convertía en el centro del mundo ya que aquí en nuestra ciudad se vivió el momento irrepetible e histórico de escuchar a Los Fundamentalistas y al Indio cantar por primera vez tras esa despedida con olores no tan dulces. La ciudad, CDM organizando el show, Los Fudamentalistas y sobre todo el público -que llegó de todo el rock del país- estuvieron a la altura de un acontecimiento tan grande e inmortal.

Ver a los músicos y público quebrarse, mientras el Indio se reía desde las pantallas de la muerte que pretendió callarlo fue una experiencia indescriptible, porque solo se puede contar en lágrimas, en sonrisas, en esos abrazos y empujones de pogo que la gente se dio en el Predio, donde pese a que cantaron no muy convencidos que pasados dos meses iban a estar consolados, sabían que en algún momento iban a comenzar a llorar con un ojo y reír con el otro porque vernos felices (con lo que hoy cuesta) no solo es poco sino que es mucho.

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