Histórico: Ecuador dio el batacazo y le ganó a Alemania por primera vez
En una tarde que empezó entre silbidos para Beccacece y un gol tempranero de los alemanes, la Tri mostró carácter, lo dio vuelta 2-1 con goles de Angulo y Plata, y selló su boleto entre los mejores terceros.
El fútbol destruye cualquier libreto en minutos. Dos horas antes del partido, el clima alrededor de la Selección de Ecuador era hostil: la hinchada silbó con fuerza a Sebastián Beccacece cuando los altoparlantes anunciaron su nombre. No le perdonaban el pálido 0-0 ante Curazao que ponía en riesgo la clasificación. El ambiente era tan límite que el propio DT había advertido que, si no ganaba, se marchaba.
Para colmo, el inicio rozó la pesadilla. Apenas iban dos minutos cuando Alemania golpeó en su primera llegada. En Quito y en las tribunas de Nueva Jersey se temió lo peor; el fantasma de una goleada histórica sobrevolaba el estadio.
Sin embargo, la Tri demostró por qué fue escolta en las Eliminatorias Sudamericanas. La reacción fue inmediata y letal: siete minutos después, Nilson Angulo abrió el pie derecho en la puerta del área y colocó la pelota contra el palo, dejando sin respuestas a un Manuel Neuer que no olvidará esta tarde. Había partido. Alemania cedió la iniciativa para contragolpear y Ecuador intentó con lo que tenía, empujado por la certeza de que el empate lo mandaba a casa.
Cuando se busca con convicción, el premio llega. Tras un blooper entre Neuer y Tah que Rüdiger salvó en la línea, la Tri encontró su recompensa en la jugada siguiente. Tras dos anticipos letales, Kevin Rodríguez la bajó de cabeza y Gonzalo Plata metió el pie para empujarla al fondo de la red. Un gol de Plata que vale oro.
El pitazo final desató el delirio. Con cuatro puntos, Ecuador se volvió inalcanzable y aseguró su lugar en los dieciseisavos de final como uno de los mejores terceros. Además, firmó una hazaña inédita: ganarle a Alemania por primera vez en la historia. Las postales del cierre lo dijeron todo: los arqueros fundidos en un abrazo, rezos de agradecimiento en el césped y un Beccacece desaforado corriendo a la platea para abrazar a los suyos. Los silbidos se volvieron aplausos.