La Anónima dice que gana poco, pero compra 12 nuevos supermercados
En medio de un escenario económico complejo y con el consumo en retroceso, la cadena La Anónima vuelve a quedar en el centro de la escena por una contradicción difícil de pasar por alto: mientras su conducción asegura que el negocio "gana cada vez menos", la empresa avanza con la compra de 12 hipermercados del Grupo Libertad, sumando además unos 1.600 empleados y un centro logístico.
Los locales en cuestión son doce hipermercados Libertad distribuidos en el centro y norte del país: cuatro en Córdoba, dos en Tucumán, y uno en cada una de estas ciudades: Rosario, Salta, San Juan, Rafaela, Posadas y Santiago del Estero. No es una expansión menor ni dispersa. Es una operación quirúrgica sobre una zona donde La Anónima casi no tenía presencia, y que le permite pasar de 159 a 171 sucursales en 91 ciudades, consolidándose como la cadena con mayor despliegue territorial en el interior argentino.
Días atrás, Nicolás Braun -CEO y miembro de la familia propietaria de la compañía- había advertido sobre la caída de la rentabilidad en el sector supermercadista. Según explicó, el consumo está retraído, los clientes compran menos y los márgenes se achican, lo que hace cada vez más difícil sostener la actividad. El diagnóstico fue presentado con tono grave, casi como una advertencia al mercado.
Sin embargo, en paralelo a ese diagnóstico, Federico Braun, presidente de la compañía, celebraba el acuerdo con Grupo Libertad como "una oportunidad única de crecimiento y expansión". Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo, pero la distancia entre los dos mensajes es lo suficientemente grande como para no pasarla por alto.
La contradicción abre interrogantes legítimos. En el mundo empresario, este tipo de operaciones suelen responder a estrategias de largo plazo: las compañías aprovechan contextos adversos para expandirse y ganar participación de mercado. Las crisis, para los jugadores con espalda financiera, son también ventanas de oportunidad. La competencia se retrae, los activos se abaratan y quien puede, compra. Esa lógica es tan válida como conocida, y en este caso tiene nombre y apellido: Grupo Libertad, que se desprende de su operación de supermercados para reforzar su negocio inmobiliario bajo la marca Paseo Libertad.
Pero hacia afuera, el mensaje no pasa desapercibido. Que desde la conducción se hable de rentabilidad en baja mientras se anuncia la mayor expansión territorial de la historia reciente de la cadena genera, cuando menos, un ruido comunicacional que conviene leer con atención. No necesariamente porque haya mala fe -las grandes cadenas pueden operar con márgenes ajustados y aun así invertir con visión de largo plazo-, sino porque el contraste entre el relato público y la acción concreta instala dudas razonables.
La expansión de La Anónima muestra que, al menos para los grandes jugadores del supermercadismo argentino, todavía hay margen para crecer. Ese dato, en un contexto donde el bolsillo de las familias sigue siendo el principal termómetro de la economía, merece registrarse sin anestesia: la concentración del sector avanza, y los que quedan afuera de esa lógica no son las empresas.