CRISIS

Por qué la clase media ya no llega a fin de mes

El 61% de los argentinos asegura que sus ingresos le alcanzan, como máximo, hasta el día 20. Mientras los gastos fijos ganan cada vez más peso, familias que hasta 2023 se consideraban de clase media recortan consumos, usan ahorros, se endeudan, revisan la prepaga, ponen en discusión la escuela privada y resignan viajes y otros hábitos que antes formaban parte de su vida cotidiana.

La clase media argentina no desapareció de un día para el otro. Se fue achicando.

Primero dejó de cambiar el auto. Después acortó las vacaciones, redujo las salidas, postergó arreglos en la casa y empezó a mirar con más cuidado el resumen de la tarjeta. Más tarde llegaron los recortes sobre consumos que hasta hacía poco formaban parte de la vida cotidiana.

Pero el ajuste doméstico siguió avanzando.

Hoy, para muchas familias, la discusión ya no pasa solamente por qué gasto extraordinario eliminar, sino por cómo sostener aquello que durante años parecía intocable: la cobertura médica, la educación de los hijos, el auto, las actividades de los chicos o unas vacaciones al año.

El problema puede resumirse en una pregunta sencilla: ¿cuánto dinero queda después de pagar todo lo que no se puede dejar de pagar?

Para una parte cada vez mayor de los hogares, la respuesta es cada vez menos.

La plata se termina antes que el mes

Un relevamiento nacional reciente puso un número concreto sobre una sensación que se repite en millones de hogares: el 61% de los argentinos asegura que sus ingresos le alcanzan, como máximo, hasta el día 20 de cada mes.

Otro 24,3% consigue llegar justo hasta fin de mes, pero sin capacidad de ahorro. Apenas el 13% afirma terminar el mes con algún excedente.

El mismo estudio mostró otro dato revelador: la mitad de los consultados se percibe a sí misma como parte de los sectores bajos o medio-bajos. Es importante aclararlo: se trata de una encuesta de percepción y no de una clasificación oficial de clases sociales.

Sin embargo, el dato refleja uno de los grandes cambios de los últimos años. La Argentina fue durante décadas un país donde buena parte de la población se pensaba a sí misma como clase media. Hoy, cada vez más personas sienten que descendieron un escalón, aunque todavía tengan empleo, vivienda, auto o ingresos superiores a la línea de pobreza.

No necesariamente se volvieron pobres. Pero dejaron de vivir como vivían.

Ahorrar para sobrevivir

El propio INDEC mostró cómo los hogares empezaron a utilizar estrategias de emergencia para sostenerse.

Durante el primer semestre de 2025, uno de cada cuatro hogares tuvo que pedir dinero prestado. El fenómeno no quedó limitado a los sectores de menores ingresos: también alcanzó con fuerza a los hogares medios.

Más contundente todavía es lo que ocurrió con los ahorros. Cuatro de cada diez hogares utilizaron dinero guardado o vendieron pertenencias para sostener su economía, y entre los sectores de ingresos medios la proporción también superó el 40%.

El dato golpea directamente sobre uno de los símbolos históricos de la clase media argentina. Durante años, el ahorro fue sinónimo de progreso: era la plata para cambiar el auto, hacer un viaje, pagar el anticipo de una vivienda, arreglar la casa o enfrentar una emergencia.

Ahora, en muchos hogares, el ahorro dejó de servir para avanzar y empezó a utilizarse para sostener la vida cotidiana. Ya no se guarda dinero para comprar algo; se usa lo guardado para llegar al próximo sueldo.

El problema está después de cobrar

Durante mucho tiempo, la discusión económica giró casi exclusivamente alrededor de dos variables: cuánto aumentaban los salarios y cuánto aumentaba la inflación.

Pero para entender la crisis actual de la clase media hace falta mirar algo más concreto. Una familia no vive del salario bruto que cobra, sino de lo que queda después de pagar la luz, el gas, el agua, el transporte, el combustible, el alquiler, la prepaga, el colegio, internet, el teléfono, las expensas y las cuotas acumuladas.

Y ahí aparece una de las claves del deterioro.

La inflación puede bajar. Algunos salarios pueden incluso recuperar algunos puntos frente al índice general de precios. Pero eso no significa necesariamente que una familia vuelva a tener el mismo margen para vivir, porque no todos los precios aumentaron igual.

Los gastos fijos, esos que llegan todos los meses y que no se pueden eliminar fácilmente, ganaron mucho más peso dentro del presupuesto familiar.

Una familia puede comprar menos ropa, salir menos, cancelar un viaje o dejar de pedir comida. Lo que no puede hacer es dejar de calefaccionarse, trasladarse al trabajo, pagar la luz, cargar combustible o sostener la cobertura médica de sus hijos.

Las tarifas cambiaron la estructura del bolsillo

Los informes sobre servicios públicos muestran que, desde diciembre de 2023, las tarifas avanzaron muy por encima de muchos otros precios de la economía.

La comparación más fuerte aparece en el Área Metropolitana de Buenos Aires, donde la canasta de servicios públicos acumuló una suba muy superior al nivel general de inflación desde el cambio de gobierno.

Ese dato no puede trasladarse automáticamente a Chubut, porque cada provincia y cada ciudad tienen estructuras tarifarias diferentes. Pero sirve para mostrar un fenómeno nacional: los servicios y otros gastos fijos se convirtieron en una carga mucho más pesada para la clase media.

Y el mismo fenómeno se siente en Chubut, aunque con características propias.

En Comodoro, mantener la misma vida cuesta cada vez más

En Comodoro Rivadavia, el deterioro del bolsillo también puede medirse en gastos cotidianos. El combustible ofrece una de las postales más claras.

A fines de octubre de 2023, antes de la fuerte secuencia de aumentos que comenzó durante la transición política y se profundizó después del cambio de gobierno, el litro de Infinia en Comodoro rondaba los $314. Hoy, de acuerdo con los valores actuales de surtidor, cuesta alrededor de $2.400 en YPF y supera los $2.500 en otras estaciones.

En menos de tres años, el aumento ronda entre el 665% y el 700%.

Para una familia que consume unos 100 litros mensuales, sostener exactamente el mismo uso del auto pasó de representar alrededor de $31.000 por mes a demandar entre $240.000 y $250.000.

Son entre $209.000 y $219.000 adicionales todos los meses.

No para viajar más, cambiar el auto o mejorar la calidad de vida, sino simplemente para hacer lo mismo que hacía en 2023.

Y ahí aparece el corazón de esta historia: la clase media no necesariamente dejó de ganar dinero; el problema es que mantener la misma vida cuesta muchísimo más.

En una ciudad como Comodoro, además, el auto no siempre es un lujo. Para muchas familias es una herramienta diaria para ir a trabajar, llevar a los chicos a la escuela, moverse entre barrios, viajar al centro, hacer compras o resolver trámites. Por eso, cada aumento del combustible no impacta solamente en las vacaciones o en una salida de fin de semana. Impacta directamente en la rutina.

La paradoja de una ciudad energética

Comodoro tiene, además, una particularidad que vuelve más fuerte la contradicción.

Durante décadas, la ciudad produjo energía para el país. Sin embargo, muchas familias comodorenses sienten hoy que la luz, el gas, el combustible, el transporte y otros servicios se llevan una porción cada vez mayor de sus ingresos.

La ciudad que fue símbolo del petróleo y de la movilidad social ascendente también enfrenta una pregunta incómoda: ¿cómo hace una familia trabajadora para sostener su nivel de vida cuando todo lo que necesita para funcionar aumenta más rápido que su capacidad de pago?

El costo de vivir en Comodoro siempre fue alto. Pero en los últimos años el problema dejó de ser solamente vivir en una ciudad cara. Ahora los gastos fijos avanzan sobre el salario y dejan cada vez menos margen.

El sueldo entra, las facturas llegan, la tarjeta vence, el tanque se vacía y el mes todavía no terminó.

La prepaga dejó de ser intocable

La medicina privada es uno de los símbolos más claros del descenso silencioso de la clase media.

Durante años, muchas familias hicieron enormes esfuerzos para sostener una prepaga. Era uno de esos gastos que se protegían incluso cuando había que recortar en otros lados.

Pero la desregulación del sector y los fuertes aumentos posteriores modificaron la realidad de miles de hogares.

Hoy muchas familias hacen cuentas todos los meses: eliminan prestaciones adicionales, aceptan copagos, bajan de plan o migran hacia coberturas más económicas. Y, cuando todavía no alcanza, empiezan a preguntarse si pueden seguir pagando la medicina privada.

No siempre se abandona o se reduce la prepaga porque dejó de valorarse la cobertura médica. Muchas veces se cambia porque dejó de ser sostenible.

Ese es uno de los cambios más profundos: ya no siempre se elige la cobertura que se considera mejor, sino la que todavía se puede pagar.

Cuando la educación de los hijos también entra en discusión

Durante mucho tiempo, la educación de los hijos fue uno de los últimos gastos que una familia estaba dispuesta a tocar.

Por eso, cuando una cuota escolar empieza a convertirse en un problema, el deterioro económico atraviesa una frontera diferente.

No existe una estadística nacional actualizada que permita afirmar que se produjo un éxodo masivo desde las escuelas privadas hacia las públicas exclusivamente por motivos económicos. Pero la discusión ya existe dentro de muchos hogares: eliminar actividades extracurriculares, buscar una institución más económica, cambiar a los chicos de colegio o evaluar el paso al sistema estatal.

No todas las familias toman la misma decisión. Pero el cambio está en otra parte: gastos que antes se consideraban intocables ahora también se revisan.

Cuando una familia empieza a preguntarse si puede seguir pagando la escuela de sus hijos, el ajuste ya dejó de alcanzar únicamente a los lujos.

Primero fueron los lujos, después la vida cotidiana

El deterioro no ocurre de golpe. Una familia no se despierta un día y decide abandonar todo aquello que construyó durante años.

El ajuste llega por etapas.

Primero desaparecen los consumos más fáciles de eliminar: las salidas, la ropa, los pedidos de comida o los fines de semana afuera. Después se postergan las compras grandes, como el auto, los electrodomésticos o los arreglos de la casa. Más tarde se acortan las vacaciones o directamente se suspenden.

Y finalmente llega la discusión sobre los gastos que durante años habían definido una determinada pertenencia social: la prepaga, el colegio privado, las actividades de los hijos, el segundo auto o la posibilidad de ahorrar.

Por eso, la crisis actual de la clase media no puede medirse solamente preguntando cuántas personas están por encima o por debajo de la línea de pobreza.

Hay otro fenómeno que ocurre más arriba: personas que no son estadísticamente pobres, pero que ya no pueden sostener la vida que tenían.

En Chubut, el golpe también tiene forma de distancia

En la Patagonia, el deterioro del bolsillo tiene además una característica propia: las distancias.

No es lo mismo recortar gastos en una ciudad donde todo queda relativamente cerca que hacerlo en una provincia donde el traslado forma parte de la vida diaria.

En Chubut, muchas familias dependen del vehículo para trabajar, estudiar, hacer trámites, viajar por salud o acompañar las actividades de sus hijos. El combustible no es solamente un gasto recreativo: es parte de la estructura básica de la vida cotidiana.

Lo mismo ocurre con la calefacción, los servicios y el costo de sostener una vivienda en una región donde el clima obliga a consumir más energía durante buena parte del año.

Por eso, cuando se habla de clase media en Chubut, no alcanza con mirar los promedios nacionales. La misma crisis se vive con características propias.

En Comodoro, Rada Tilly, Trelew, Puerto Madryn, Esquel o la meseta, el problema de fondo se repite: cada vez cuesta más sostener la vida que una familia había construido.

La clase media perdió margen

Durante décadas, pertenecer a la clase media argentina significó algo más que superar un determinado nivel de ingresos.

Significó tener margen: para elegir una cobertura médica, decidir dónde educar a los hijos, ahorrar, viajar, cambiar el auto o enfrentar un gasto inesperado sin que se derrumbara todo el presupuesto familiar.

Ese margen se fue achicando.

Y cuando casi todo el salario queda comprometido antes de que empiece el mes, el problema ya no es solamente económico. Es social.

Porque la clase media deja de proyectar y de planificar. Deja de pensar qué hacer con el dinero que sobra y empieza a preguntarse qué gasto puede eliminar para sobrevivir hasta el próximo sueldo.

Hasta hace algunos años, muchas familias discutían qué hacer con la plata que quedaba después de pagar las cuentas.

Hoy discuten qué cuenta dejar para el mes siguiente.

Por eso la clase media ya no llega a fin de mes.

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