Política

Un papelón y un resurgir

Análisis de Saúl Gherscovici.

Saúl Gherscovici
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Lo sucedido en Brasil, tanto en las elecciones ganadas de manera vibrante por Lula da Silva como con el posterior paso de comedia de baja calidad de Flávio Bolsonaro, no dejan de sorprender. En el primero de los casos por la contundencia del resultado y la valentía del presidente y del pueblo brasileño, convencido de la necesidad de poner freno al avance de la ultraderecha en el continente, y en el segundo porque la fuga del ex candidato es lo más degradante que se ha visto en mucho tiempo.

El triunfo de Lula da Silva, a sus casi 81 años, fue tan grande, como de pequeña e inesperada fue la huida de otro Bolsonaro a Estados Unidos. Si estas historias, absolutamente conectadas, no hubiesen ocurrido y hubiesen sido fruto de la imaginación de guionistas seguramente ninguna plataforma de contenidos las hubiese aceptado como ficción. Una, por el tono épico del triunfo, hubiese sido tildada de ampulosa y exagerada. La otra, por la endeblez de los argumentos, de fantasiosa por lo poco creíble que suena que un candidato, que fue votado por 60 millones de personas, deje de lado todas sus promesas de campaña y autoproclamada valentía para escaparse no de una tiranía, sino del avance de distintos procesos judiciales en su contra.

El tono de comedia dramática, porque estamos hablando de la forma en la que la derecha ve la democracia, que acepta como válida solo cuando sus candidatos ganan, siguió en el caso de Bolsonaro. Primero con el operativo de traslado del ex candidato a Estados Unidos, en el que está claramente demostrado que participó desde el momento 0 el presidente Javier Milei, y segundo con la llegada a ese país, donde en lugar de exhibirse (como lo que quiere presentarse) víctima de una dictadura que llega a la libertad, se mostró como estrella de rock, tapándose con sombrillas para no ser registrado por las cámaras.

Incomunicado

A las horas, otra escena que nadie creería en una, fue el comunicado en el que Bolsonaro se autoproclamó como presidente electo de Brasil, cuando su propio partido había aceptado el resultado democrático la noche anterior y su vocero y estrategia de campaña transmitía su sorpresa y enojo por la fuga. Ese comunicado, que borró minutos después, contenía, además de la autoproclamación, un escudo con el nombre desactualizado de su país, Estados Unidos do Brazil, que no se utiliza desde 1967, cuando fue cambiado por el actual República Federativa del Brasil.

La acusación del fraude y la fundamentación de su huida está sostenida en las dos horas en las que se extendieron las votaciones. La argumentación no tiene asidero alguno, primero porque ese movimiento horario fue pedido por los dos candidatos, y la segunda y fundamental es que en ese margen de tiempo solo votaron 35.000 personas. La diferencia a favor de Lula, recordemos, superó los 4 millones de votantes.

El error en el nombre y escudo, en el comunicado que no se sabe si escribió Bolsonaro o se lo acercaron desde el Departamento de Estado, puede hablar de falta de conocimiento de su país, ese que decía que estaba dispuesto a conducir valientemente, o ser la intención de quienes armaron su fuga, que no es otra que Brasil vuelva a imitar a Estados Unidos en lugar de ser una República, con las claras diferencias que ello implica.

Solo pero obediente

La participación del presidente Javier Milei y su círculo íntimo, en el que hay que incluir al asesor monotributista Santiago Caputo, fue reconocida por el propio Bolsonaro en sus dos comunicados, el original y el corregido, y también por el adelanto que dio el presidente del American Council, Simón Levy, que en tono exagerado dijo en sus declaraciones a Feinmann que Milei le salvó la vida a Flávio Bolsonaro.

El papel que jugó el gobierno nacional en este brulote es grave porque, una vez más, queda demostrado como el presidente Javier Milei sigue las instrucciones de Marco Rubio, exponiendo al país a un conflicto diplomático, comercial y de convivencia con su socio más importante, y aceptando jugar el papel de "soldadito", aunque en su mente y relato seguramente intenta reconvertirlo en el de un superhéroe de la derecha mundial en defensa de una supuesta libertad que no es tal.

Tal es la disociación con la realidad y el espíritu democrático, que Argentina es uno de los cuatro países en el mundo que no reconocieron el triunfo de Lula, junto a Estados Unidos, El Salvador e Israel. Es además, el único en la región en no hacerlo, algo que de inmediato realizaron los gobiernos del mismo cuño ideológico que el de Milei, como el de Kast (Chile), Fujimori (Perú) y de la Espriella (Colombia).

La soledad de Milei en este operativo y no reconocimiento es también significativa dentro de su alianza de gobierno, donde tanto Mauricio Macri como Patricia Bullrich no solo felicitaron a Lula y al pueblo brasileño, sino que también, sobre todo la senadora, exigieron el reconocimiento por parte del gobierno que aún integran pero del que cada vez que pueden se vas diferenciando para potenciar sus chances de ser los candidatos del mileismo sin Milei, algo en el que claramente Bullrich le sacó cuerpos de ventaja y de chances a su ex jefe político.

Un triunfo para aprender

El papelón de la fuga, pese a que fue tan grande, no opacó el triunfo de Lula. Primero porque nadie seriamente puede comparar al presidente reelecto ni a Brasil con Nicolás Maduro o Venezuela, y segundo porque la misma fuerza política que llevó a Flávio Bolsonaro a estar casi a punto de ser el mandatario del país más importante de la región, reconoció de inmediato su derrota y por ende la justa y democrática victoria del mandatario.

Ese triunfo es el que la oposición argentina debe analizar a fondo para entender y convencerse de que es necesario cambiar algunas estrategias, entre ellas acercarse a las nuevas formas de comunicación, que también pueden y deben usarse éticamente, pero sobre todo hay que tener la valentía y el convencimiento de que otro país y otro mundo es posible y que para construirlo es indispensable agrupar ideas y convencimientos para luego, con corazón y convencimiento, dejar todo en pos de una victoria, que no solo es indispensable sino que es imperiosa.

PD1. El martes, aunque aún se siguen por un lado contabilizando y escondiendo los datos, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, no logró la mayoría que buscaba en las elecciones legislativas, a las que fue a votar (como en Brasil) más gente que siempre y en las que los partidos de la minoría árabe obtuvieron representación récord.

PD2. El martes próximo, Donald Trump enfrentará unas duras elecciones intermedias en las que, a priori, obtendría una dura y casi definitiva derrota, y también con una masiva participación electoral.

PD3. ¿Cómo quedará Milei para el 2027, luego de lo sucedido en Brasil, Israel y si ocurre en Estados Unidos y con su amado Donald Trump lo que todas las encuestas y analistas adelantan?

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